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Memorial de los Andes

Por Alberto Petrina


"Lo absoluto no puede conservarse" Agusto Roa Bastos

En la exposición aquí presentada, Carlos Gómez Centurión se enfrenta – y nos enfrenta – con un perceptible punto de inflexión en su travesía artística. Recordemos que durante la segunda mitad de la década del 90 y hasta inicios de la actual, su trabajo se concentró fuertemente en el insondable universo de la mitología americana. Unido al tucumano Víctor Quiroga y al paraguayo Enrique Collar, fundirían sus búsquedas en el grupo “El Mito Real”, impulsado por el maestro Luis Felipe Noé.

Aquella propuesta común – que ostentaba un visible propósito de manifiesto – fue exhibida en cuatro muestras de notable suceso: la primera en este mismo Centro Cultural Recoleta (Septiembre/Octubre de 1994); la segunda y tercera en el Palais de Glace y en la Galería Alberto Elía (Junio y Septiembre de 1996) y la cuarta, nuevamente en el Recoleta (junio de 1998). Adolfo Colombres señaló por entonces la intención de los artistas de “dar cuenta de una atmósfera cargada de sentidos, y también de misterios, de una realidad donde resulta tan difícil como estéril escindir lo sagrado de lo profano”.

Sumergido en las tradiciones populares de su San Juan natal, Gómez Centurión las traduciría a través de obras como “El Familiar”, “La Viuda Negra”, “Las tentaciones de Don Emardo”, “El Milagrero” o “El entierro de Nazario Vega”. Sus personajes, ensimismados en sus poderes sobrenaturales o fascinados por las revelaciones, se imponen claramente al contexto que los enmarca pero, aun así, este se erige en una referencia insoslayable: la segadora luz exterior en dramático contraste con la sombra de aleros e interiores, las nubes arracimadas o dispersas, los cerros de esa vigilante avanzada de los Andes que es la Precordillera

Pues bien ese escenario majestuoso a logrado por fin conquistar por completo el ánimo del pintor, abarcando toda su atención. Es como si los seres que lo habitaban se hubiesen replegado hacia las entrañas de la tierra que los originara y nutriera. Duendes, curanderas, aparecidos, han sido finalmente reabsorbidos por la montaña, por esa matriz inmensa en la que reside como un magma iniciático, en mismo núcleo mítico de la geografía andina y sus criaturas. Al reducir la incidencia de la imágenes humanas a los íconos fundamentales de la región – La Virgen de Andacollo, La Difunta Correa -, pareciera que el artista a optado por resumir la vibrante energía de la naturaleza en el mero marco cordillerano y en las especies de la fauna y la flora autóctonas.

En esta nueva etapa de su desarrollo artístico, Gómez Centurión se aplica a un evidente ejercicio de concentración. La masa multiforme de los Andes abandona su estatismo de fondo para irrumpir como figura poderosa y dinámica, adquiriendo el carácter de una presencia viva: ahora respira, late, se sacude como un inmenso animal prehistórico que despertara de un sopor de milenios. Estos movimientos no son nunca uniformes, ni mucho menos previsibles, sino que exhiben toda una extensa gama de registros: desde el moroso, imperceptible derrame de los glaciares a la fulminante velocidad de los aludes, pasando por el cegador estremecimiento de las ventiscas o la convulsión atroz del sismo.

Pero para atrapar el mundo andino al que pertenece, el artista ha debido fundirse literalmente en él. Tras dos primeros viajes al Volcán Olivares (2001) y al Valle del Cura (2002), en enero de 2003 y en marzo de 2004 organiza sendas expediciones al Valle Alto del Río Colorado, en San Juan, estableciendo campamento a 4.000 metros de altura. Junto con él suben el semiólogo Cristián Varela, el poeta Gusta Romero Borri, el ingeniero en minas Xavier Ochoa, el coordinador logístico Ramón Ossa, el camarógrafo Gustavo Muñoz y el sonidista Mauricio Savoca. Una recua de casi cuarenta mulas carga los bastimentos necesarios para una permanencia de entre diez y veinte días. Algunas de las obras exhibidas - como “Polaco”, “Peine” y “Pared sur del Mercedario” – serán realizadas al pie de dichas cimas, a 4.500 metros sobre el nivel del mar.

Agreguemos también que el pintor ha debido dotar a su paleta de una extensión amplia y violenta. El blanco y el negro actúan como extremos de un arco que se abre a todos los matices del ocre, del terracota, del habano, del marrón y del rojo. A veces echa mano a un colorado intenso para figurar la contundencia de un farallón gigante; otras, aplica un efecto de veladuras blancas que nos permite avizorar la soledad helada y fantasmagórica de las altas cumbre, o define el inesperado perfil de osamenta de un cerro bajo la forma de gruesas costillas verticales negras. A su vez los cielos que cubren estas alturas pétreas incorporan sus azules pálidos o intensos, puros o salpicados por nubes.

A ello hay que sumar el catálogo del bestiario local: desde los cóndores - soberbios señores de los Andes suspendidos en su vuelo inmóvil de animal mayestático y heráldico – hasta las humildes y laboriosas mulas cargadas con albardas y costales, que acarrean provisiones, abrigos y pinceles. Más todas las alimañas que mimetizan su peligro real o imaginario con el suelo: lagartos, víboras, arañas, alacranes. Como coronación de esta sucinta iconografía zoológica, el signo vegetal asoma en acerillos y pencas, o en el espléndido estallido multicolor del cactus, emblemático símbolo natural y cultural que enhebra todo el dilatado horizonte americano.

Carlos Gómez Centurión se ha plantado finalmente frente a su circunstancia andina. A comprendido que en ella reside toda su fuerza y su destino como artista y como hombre. De esa tierra abrasada por el sol y arduamente domada por la gente emana su carácter. De esos mitos mamó la maravilla y los terrores que pueblan su pintura. De esos cerros proviene su sentido del color y del espacio.

Aunque conozco a Carlos desde los lejanos años de nuestros estudios de arquitectura y, tras reencontrarnos mucho más tarde en San Juan, he seguido de muy cerca su trayectoria plástica, no tuve la percepción cabal de su medida y su proyecto hasta descubrirlo en su casa-taller del Valle de Zonda. Allí pasamos unos días en compañía de amigos, y recibimos juntos el año que ahora corre. Detrás de la ventanas inmensas, habíamos visto abalanzarse el atardecer sobre la lineal disciplina de las viñas y el cinturón oscuro, riguroso, del los Andes. Después fue todo oscuridad y silencio. Ni una luz en la noche, salvo el errático zigzag de las luciérnagas. Ni un sonido exterior, apenas algún ladrido huérfano.

Adentro, muchas de las pinturas que integran esta muestra estaban desplegadas sobre caballetes y paredes. En contraste, allí todo era luz y calidez. Con la fría pasión de Don Giovanni como única y perfecta compañía musical y el terciopelo espeso de un Syrah sanjuanino abrigando las gargantas. La escena, tan distinta, mostraba sin embargo un rasgo de curiosa permanencia, que residía en la persistente, obsesionante presencia de las montañas. Ellas nos rodeaban como un fantástico panorama, recreando un paisaje artificial que impedía el menor asomo de olvido o indiferencia. Se habían adueñado del taller y de todos los que en él nos refugiábamos. Y ahora regían el mundo del pintor y el de sus huéspedes como huacas poderosas y exigentes. Como ha sido desde el inicio de los tiempos. Como es hasta este día. Como será por siempre.