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Un viaje de más de diez años.

Por Fernando Farina. Curador.


La cordillera y el viaje atraviesan la obra que viene desarrollando Carlos Gómez Centurión desde hace más de diez años. En el cruce del motivo y la acción pone en juego desafíos e interrogantes, aventuras y búsquedas. Se mezcla una pasión, con una pregunta acerca del arte. Porque no hay certezas, es solo un camino donde las obras van dando cuenta de los pasajes.

En un sentido, pareciera que fuera la misma cordillera la que lo seduce y obliga a recorrerla. Es que se le presenta potente, inabarcable, enigmática. Acaso lo invita a develar sus secretos, a que sea él quien se convierta en su interlocutor, quien la diga de alguna manera.

Pero si descubrirla en su totalidad es imposible, también lo es representarla. De allí que decir la cordillera es en realidad una serie de intentos, de aproximaciones, que a lo largo del tiempo van mutando. Por eso no es casual que Gómez Centurión aun busque las más diversas formas de abordarla.

La pluma, el lápiz, el pincel fueron herramientas fundamentales, pero él nunca se mostró conforme: necesitó caminarla, tocarla, sufrirla, tratar de impregnar las telas con sal o embeberlas de las superficies rojizas de los cerros. Y también quiso invitar a otros a que vivan la experiencia, a que la digan de otra manera, con fotos, con películas, con palabras...

La relación de Gómez Centurión con la cordillera no siempre fue amigable -se trata más bien de un amor donde están en juego muchas pasiones-, y los resultados nunca fueron una postal, sino una especie de conjunto de esbozos, como ensayos; obras que son procesos y que se continúan unas a las otras, pero que aportan siempre algo distinto.

Asimismo hay en sus pinturas un macro y un micromundo. Cada una tiene detalles que están entre la figuración y la abstracción, entre el registro y el invento, y para verlas hay que sumergirse en ella, alejarse y volver a entrar, porque en ese ir y venir, aparecen otros universos.

El viaje le imprime algo adicional a esta búsqueda. Hay en él algo épico: subir a la montaña, con todos los riesgos que implica, aceptarlos y seguir a pesar del tremendo esfuerzo, de las dificultades. Pero además el propio viaje -la acción de pintar en la montaña- es una obra. Y acaso lo que siempre se termina mostrando no son más que retazos de ella.

La referencia a la historia también está presente, seguramente porque es inevitable retomar el camino de los pintores viajeros, y la “fisionomía” resuena (esa creencia de que el artista puede decir algo que no puede registrar una cámara). Un misterio. Todos sabemos o al menos sospechamos que eso sucede pero no tiene explicación.

Tenemos la sensación de que quienes hicieron ese camino antes saben algo más que nunca revelaron. La idea romántica invade y aparece continuamente. Porque la obra no es un viaje que concluyó sino que es una pregunta que transcurre a lo largo del viaje, de tantos años, de muchas geografías.

Y hay otro mundo que se abre: el de las energías, de los colores, las sensaciones, las formas, los olores, que quedan guardados en algún lugar (como impregnando la memoria, pero no necesariamente la retina) y que comienzan a pelear por aparecer en las telas.

Las obras ya no copian un referente sino que son otra historia. Una mezcla de sentimientos, de percepciones, de vivencias que quedaron en la memoria y reaparecen con o sin su voluntad.

A veces los cielos y las aguas se revuelven y se confunden con la cordillera, en otros casos la roca o la selva pasan a ser protagonistas, y siempre pervive cierta belleza y una desbordante inquietud.